Dolor y Gloria (2019) es la nueva película que nos trae Pedro Almodóvar protagonizada por Antonio Banderas y Penélope Cruz. Un dúo clave en el mundo de la cinematografía. Ésta trata sobre la historia de Salvador Mallo (Antonio) un guionista y director de cine, el cual tuvo un éxito enorme dentro de su gremio en el pasado. En la actualidad, busca un tipo de reconciliación con su arte, y en el transcurso encuentra la paz interior para contar su historia de la infancia. La cual, nos deja ver que fue desarrollada en una pobreza, pero en los brazos y amor de sus padres, en especial de su madre (Penélope).
La historia comienza en un pequeño lago donde vemos a unas bellas mujeres y aun pequeño niño cantando, limpiando y secando ropa. Esta escena es un shock para el espectador millennial porque la poderosísima Rosalía hace su debut actoral. Nos bendice con su hermosa voz y nos pone de buenas para continuar con la historia. Realmente no nos importa si lo que sigue es bueno o malo, el boleto del cine ya valió la pena por tan solo ver a tan talentoso ser humano.
Salvador Mallo va en busca del protagonista, Alberto Crespo (Asier Etxeandia), de su película más famosa. Este encuentro se debe a que va a haber una proyección especial por el aniversario de dicha película y Salvador quiere aclarar todas las dudas y rumores que hubieron sobre el rodaje de ésta. Al parecer estos dos terminaron odiándose porque uno no actuaba como el otro quería, y el otro era demasiado perfeccionista como para dejar que su obra maestra fuera arruinada por un divo de pelito largo. En el encuentro, que es desarrollado en la casa de Alberto, este le da de probar heroína a Salvador, y él acepta como si le hubieran ofrecido un vaso de leche. Lo cual no me parece un problema, yo respeto las curiosidades de cada quien. Lo único sorprendente es que en verdad lo acepta como si fuera una picafresa, y no una droga adictiva que te puede llevar a la perdición. O sea básicamente, si Facundo le hubiera ofrecido quesos o drogas, Salvador hubiera sido de los que le hubiera dicho «drogas» en un santiamén. No lo juzgo.
Gracias a esto, vemos a un Antonio Banderas bajo los efectos de las drogas en múltiples ocaciones. Lo vemos dormir mas que nada. Tú, como lector pensarías que entonces que aburrida película, pero no. Hasta esos momentos te enganchan como espectador.
Lo más importante de todo es que vemos los flashbacks de su infancia. Vemos como Penélope Cruz representa a una madre fuerte y que busca salir adelante a como de lugar. Su padre (Raúl Arevalo) también trata de hacer lo mejor por su familia y de mantenerlos felipes y con tennis. El único gran obstáculo que presenta esta pequeña familia, es la pobreza tan grande que viven. A causa de esta, terminan viviendo en una cueva, literal en una cueva, que en una parte no tiene techo y causa mucha ansiedad si uno se pone a pensar en qué hacían cuando llovía. Lo irónico de esto es que esa casa/cueva, o como me gusta llamarla la Antonicueva, es lo más hipster del mundo. Definitivamente habitantes de la Condesa y de la Roma de la CDMX, sintieron una necesidad inmensa de conseguir un lugar como ese para poder llegar a la cúspide del hipsterismo.
Al darnos cuenta que lo que vemos son los recuerdos de Salvador y de su infancia, lo primero que el espectador millennial puede pensar es: «estoy viendo un mundo en el que ya no existe La Rosalía». Un sentimiento horrible si me permiten compartírselos. A pesar de que ya vivimos en un mundo en el que no sabíamos de su existencia, ahora que lo sabemos, no hay vuelta atrás. Once you go black, you never go back. Ah no, verdad, eso no aplica.
Por otro lado, también está la increíble historia de Salvador bebecito como maestro de un albañil analfabeta, al cual trataba como un completo idiota al momento de enseñarle a leer y a escribir. Pero cuando digo como un idiota, es en serio. A uno le da ganas de abrazar a Salvadorcito por ser tan cabroncito. Una rima involuntaria completamente cierta. También vemos al abañil como Dios lo trajo al mundo, lo cual no tiene mucho sentido porque Salvador bebecito ni se da cuenta porque comienza a sentirse mal y se queda acostado en su cama. Básicamente es una escena para ver al hombre desnudo por si había alguien que tenía la duda del cuerpo de ese actor. En lo personal, a esta altura de la película yo seguía devastada porque Rosalía se había muerto. No podía pensar en otra cosa.
La película nos cuenta varios momentos de la historia de la vida de Salvador, unas tristes y otras muy chistosas. Gracias a un monólogo que escribe, sabemos de cómo fue su primer amor (porque sorpresa, es gay, ¿Quién lo veía venir? Todos, exactamente). Lo vemos reencontrarse con él y volver a dejarse ir pero ahora de una manera más adulta, entre otras cosas que pasan a lo largo de la historia. Almodovar nos lleva de la mano por un viaje en el que podemos entender la travesía del protagonista para poder encontrar ese espíritu escritor que tanto caracteriza a Salvador como cineasta. Gracias a todo esto, él decide narrar su historia de la infancia, ya que más adelante dice que a su mamá jamás le gustó la idea de que él hiciera una película sobre eso. Es así que descubrimos que todos los flashbacks que vimos, en realidad eran fragmentos de su nueva película. Penélope Cruz realmente es una actriz interpretando a su mamá, pero más importante, lo que en verdad vale la pena recalcar es: La Rosalía siempre estuvo viva, y lo estará por mucho años más.
Fiuuuu
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